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vacaciones escuela de la paz

Juan Octavo

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El primer día de Servicio en Zona Rosa.

Con un poco de confusión e incertidumbre que por momentos se convirtieron en ratos de ansiedad, salimos a las calles de la Zona Rosa, eso sí, con mucha alegría y esperanza; La Zona Rosa es un barrio sumamente colorido de la zona centro de la Cuidad de México, donde se puede apreciar mucha gente caminando por las calles, hay un sin número de bares; sonidos, luces de neón, comercios de todo tipo, encontramos desde restaurantes, tiendas de ropa y hasta juguetes, aunque no precisamente juguetes para niños; hay también mucha gente, gente en situación de calle, gente que es opacada por el tránsito de las personas, humanos que se vuelven invisibles por la cotidianidad y la prisa propia de una ciudad tan grande, como lo es la ciudad de México; hay una gran indiferencia de la sociedad ante la gente de la calle, gente que parece encontrarse escondida, pero que ante la calidez y un poco de amor recobra la visibilidad entre las peculiares calles del barrio, de pronto, tanta gente se hace visible y su presencia y su dolor, gritos desesperados ahogados en el ruido de la muchedumbre. Sin embargo con una mirada de amor al prójimo de quien quiera aparecerlos, hace imposible que se vuelvan invisibles y se pierdan nuevamente.

Recordando aquél miércoles, los rayos de luz tímidamente se asomaban, empezaba a oscurecer, bajamos las cosas del carro de la abundancia (así he bautizado a mi pequeño platina, donde transporto la comida y las donaciones que serán entregadas cada miércoles), Eva, Adriana, mi papá y yo, nos dirigimos con las cosas rumbo a la Votiva, iglesia ubicada en la esquina de la calle de Génova y la lateral de paseo de la reforma. Bolsas con tortas, cajas de jugos, de leches de sabores, plátanos y galletas, se constituyeron como nuestra primera entrega aquel miércoles de Junio.

De pronto, entre el bullicio y la oscuridad, entre la incertidumbre y la emoción, surge un pequeño de 4 años, un enano de no más de unos 50 centímetros de altura, con una mirada inocente, sonrisa partida, ropita desgastada y actitud atorrante, pidiendo un poco de alimento.

- ¿Cuál es tu nombre? Pregunto Eva.
- ¡Juan! - Respondió con voz desfachatada y un tanto chillona, señalando los plátanos.
- ¡Toma! Dije. - ¿Quieres una leche? ¿Una torta? Agregó mi papá.
- Siiii. Con una larga vocecilla y una gran sonrisa respondió Juan, mientras sus pequeñas 
manos y la bolsa derecha de su pantalón se atiborraban con un poco de alimento y con la cadenita 
que colgaba de su cinturón a la bolsa, ya no cabía nada más.

Ese primer momento surrealista en la calle de Génova, dibujó una sonrisa de oreja a oreja en los que cargábamos las comida; en ese momento no sabíamos lo “peligroso” de nuestro pequeño amigo Juan, quien se escabulló entre el corredor, a través del largo pasillo de la calle peatonal de Génova; entretanto caminamos unos metros más para acércanos a la capilla de la Votiva y esperar a los demás miembros de la Comunidad que nos ayudarían a empezar el recorrido.

Un par de minutos y 10 metros de distancia fue lo suficiente para que esas cortísimas piernitas con agilidad de gacela, nos alcanzaran con otros 11 ó 15 niños, tal vez más, no lo sé, fue un momento de gozo e increíble confusión, de un pequeño pero numeroso ejército infantil que atacó para dejarnos sin suministros, porque no sabíamos por dónde atacaban esos pequeños pillos:

¡Derecha! ¡izquierda! ¡Por atrás! con sus pequeñas y débiles manitas estiradas, sonrisas tiernas y agilidad bestial para pedir un poco de comida.

Como pudimos repartimos, una torta, un jugo, unas galletas…

¿Y Tú? ¿Cuál es tu nombre? -al pequeño de 7 años - ¡Juan!
¿Y el Tuyo? - ¡Maria! – ¡Oh Maria! Exclamó Eva. Mientras daba una leche.
¡Yo soy Juan! Dijo el otro niño de cabello corto. Todos eran Juan ¡8 niños eran Juan! ¡Juan Octavo! 
Grité eufórico a uno de ellos mientras seguía repartiéndole los plátanos, que se fueron acabando poco 
a poco dejando las bolsas grises de Wal-Mart con solo aire al interior.
¡Todos eran Juan y María! ¡Jaja!

El sentido de supervivencia de aquellos pequeños que nos veían por primera vez no pudo más que el sentido de honestidad, esto ante aquel primer acto de cercanía con ellos. Algo entendible, este acto seguramente es aconsejado por las madres que se encuentran vendiendo o pidiendo algo de caridad en la zona; Juan primero, que gracias a su abuela Paty, supimos que se llamaba Juan Abel , esto después de algunas semanas de convivencia.

La inteligencia intuitiva de estos pequeños, ahora nuestros amigos, no siempre es suficiente para alejarlos de los peligros que constantemente los acechan en las calles, lo cual nos lleva a reflexionar en lo que potencialmente pueden ser estos pequeños en un futuro no muy lejano, es por esto que nos debemos preocupar por los más pequeños, porque son débiles, porque necesitan alimento, educación, necesitan que se les guie para que sean flores en un desierto que clama misericordia ante las inclemencias y peligros de la vida.

“…Dejad que los niños se acerquen a mí...” (Mt 19,14)

Esto es una pequeñísima parte de la alegría que el evangelio nos cuenta: los niños iban a Jesus, los niños corrían a Jesús ¡Qué alegría inmensa tuvo que haber transmitido en aquellos niños para que quisieran acercarse a nuestro Señor! Esa alegría es la que debemos tener con ellos.

Actos maravillosos surgen de la bondad de un corazón alegre; es así como cada semana nos llenamos los corazones de una inmensa riqueza que queremos compartir con la sociedad. El tesoro del evangelio es para todos, por más débiles y por más pecadores que seamos, el llamado de Jesús no es selectivo, no es para unos cuantos, es para quien quiera vivir con él.

 

Datos Bancarios

 

 Razón Social:   San Egidio, A.C. 
 R.F.C.:   SEG 120912 DZ7
Banco:   BanBajio
Cuenta:   0090166350201
CLABE:   030180900000257814

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